Cascarones de huevos

Hace muchas décadas tuve una amistad con el señor Justo Paz de una antigua familia de ganaderos, muchos años atrás había sido rico, pero con una serie de eventos malos su fortuna había quedado en pocas vacas, pero lo más curioso de su historia es que la noche en que él cumplió ochenta años desapareció de una forma misteriosa, sus vecinos cuentan que le vendió su alma al diablo y otros que se escapó de las deudas que habían destruido no solo con su dinero sino hasta con su familia, pero la verdadera historia soy el único que la conoce porque él personalmente me lo contó una noche de dos de Octubre cuando yo me dirigía al servicio de la iglesia, en la calle llamada Reyna Victoria me lo encontré, pero su rostro había cambiado por completo ya no era aquel viejo decrepito como lo recordaba, me contó que la noche de su cumpleaños tenía planeado quitarse la vida, sin embargo no tuvo el valor suficiente para hacerlo, así que lo único que pudo hacer es visitar el lugar donde había crecido a unos cuatrocientos kilómetros de ahí, cuando llegó a su casa de la infancia encontró que ya estaba habitada por personas que nunca había conocido, tocó a la puerta en busca de hospedaje, las personas del lugar le realizaron una serie de preguntas para saber si de verdad él no estaba mintiendo, que fueron como ochenta me mencionó.

                En la casa habitaba un matrimonio joven con su hija de quince años, lo que no sabía don Justo Paz que ellos eran del extranjero habían llegado al país hace veinte años, por motivos que el no pudo entender, el matrimonio tenía una granja de pollos, con lo único extraño que los animales eran especiales, y digo especiales en el sentido que eran extraños, no obstante la principal rareza eran sus huevos, poseían un color cian con manchas magentas, nunca supo de donde habían salido tal especie, hasta el día que le revelaron el misterio de su familia, y el origen de estos animales raros. Estos huevos advenedizos rejuvenecieron a don Justo Paz, me contó un secreto que hasta el día de hoy estoy inmortalizando en esta hoja, la pequeña hija de los señores tenía ciento cuatro años y los señores habían estado en esta tierra por doscientos cincuenta y tres años, algo que no creí hasta el momento en que me mostró una foto vieja en la que ellos aparecían junto a varios drontes y los animales que criaban no eran gallinas sino familiares cercanos a estos pájaros extintos.

La hora del té

Cuando las manecillas del reloj marcaron las seis de la tarde afuera llovía como si el dios tolteca Tláloc estuviese apagando un incendio, todos en la casa dormían menos la pequeña Lucia que jugaba con su muñeca, muñeca que al acostarla cerraba los ojos y al levantarla los abría, jugaba al té como de costumbre, todas la tardes Lucia entraba en el cuarto de lavandería porque en ese lugar había muchas cajas de cartón vacías, con ellas jugaba, esa tarde de lluvia la pequeña de seis años escuchó un ruido fuera de lo cotidiano, ese ruido era parecido cuando dejas caer los zapatos al piso y con la suela del mismo realiza ese sonido, la curiosidad de Lucia la llevo a ver algo que sucede muy poco en la vida, pudo apreciar a un pequeño duende con cara de niño, estaba jugando con unas llaves, mismas que días antes la mamá de Lucia había extraviado, el pequeño no se espanto al ver a nuestra amiga, sucedió todo lo contrario Lucia lo invitó a tomar el té junto con su muñeca, pasaron varios días y la cita de nuestros amigos se convirtió en una rutina, todo esto terminó hasta la tarde del cuatro de Mayo cuando el duendecito mordió a Lucia en uno de los falanges de su mano izquierda, la mamá de Lucia corrió en auxilio del grito, desde ese entonces nunca dejaron jugar sola ala pequeña.

Madrugada de once de mayo

Cuantas noches podemos dormir sin pensar que alguien vigila nuestro sueño.

Toda la familia se encontraba reunida un diez de mayo, para celebrar el día de las madres, el festejo se acabó por allá de las once de la noche, solo quedaron cuatro personas despiertas hasta las tres de la madrugada por motivos de estar al corriente sobre las noticias que habían pasado en los últimos doce meses, cuando de pronto alguien escuchó un sonido de un caballo que estaba trotando en la calle, qué caballo podía escucharse en la ciudad dónde ellos vivían en la cual no existían ni árboles, ni pasto para que un caballo estuviera ahí, en ese lugar a esa hora de una bendita madrugada de once de mayo, todos se quisieron para a ver por la ventana al caballo relinchar, cuando prontamente ninguno de los testigos podía mover un solo musculo, pasaron veinte segundos, los más largos de sus vidas, hasta que tomaron el control de sus cuerpos, se asomaron a la ventana pero el caballo no se encontraba ahí.

EL PEQUEÑO INTRUSO

La casa de la familia Gálvez estaba compuesta por dos recamaras, una cocina, una sala, un corredor, una bodega pequeña y un baño en el patio, en ella vivía la señora Gálvez y su hija de ocho años, la pequeña Cecilia todas las mañanas se arreglaba para ir a la escuela primaria que se encontraba a tres cuadras de la casa, la misma rutina realizaban de lunes a viernes, sin embargo todo cambio una mañana de martes en el mes de Septiembre cuando la pequeña niña buscaba su zapato derecho y no lo encontró en el sitio donde siempre estaba, lo buscó debajo de la cama no estaba ahí, por debajo del ropero y tampoco, el zapato derecho se encontraba sobre el refrigerador, con un rostro extraño vio su zapato ahí, enseguida le preguntó a su mamá si ella le había hecho esa broma, a lo que la señora preocupada por el emparedado  que llevaría su hija a la escuela contesto con un ¡apúrate que ya se te hace tarde!, la pequeña Cecilia no le puso mayor importancia hasta la semana siguiente que no encontraba su colores en la lapicera de princesas que tenía, preocupó demasiado su corazón porque  encontró dos colores en la esquina de su cuarto y los otros diez en la cocina, estas desapariciones se habían hecho muy extrañas, le platicó a su mamá del miedo que se había despertado en ella por todo lo que estaba pasando, a lo que la señora Gálvez pensó que solo era imaginación de una niña de ocho años.

            La incredulidad llegó a su fin el siguiente sábado por la noche cuando la señora Gálvez que estaba tomando café en la mesa que se encontraba en el corredor de su casa, sintió la presencia de unos ojos que vigilaban sus pequeños movimientos mientras le daba sorbos a su café, lentamente dirigió su mirada a la dirección en la que se encontraba esos ojos vigilantes, pudo notar la silueta de un niño que la miraba atrás de la cortina de frutas que estaba en la puerta que daba hacia la cocina, era un pequeño como de seis años, con sus ropas sucias y su rostro como si fuera un niño de la calle, el pequeño se asustó y dejó la cortina bailando cuando desapareció, la piel de la señora Gálvez se erizó y entro un temor por ella y su hija.

            A la mañana siguiente platicó de forma cautelosa con su hija lo sucedido la noche anterior, la pequeña Cecilia mostró a su mamá un dibujo que había encontrado en la pequeña bodega que se encontraba al lado de su cuarto, justificando que ella no lo había realizado, la hoja mostraba un perrito y un gato mal dibujados utilizando los colores que días antes habían desaparecido.

            Pasaron dos semanas, la presencia del pequeño espectro se hacía más notable, se escuchaban por las noches risas de un niño jugando cuando ya nadie estaba despierto, en una madrugada que la señora Gálvez se levantó al baño miró al pequeño fantasma arriba del refrigerador, fue uno de los sustos más feos que vivió nuestra protagonista, la pequeña Cecilia ya se estaba acostumbrando a que sus cosas siempre amanecían en otro lugar, tanto que le puso una nota al intruso que decía lo siguiente:

Amigo si quieres tomar mis colores, puedes hacerlo, pero por favor no me escondas mi zapato porque son los únicos que tengo.

            La señora Gálvez tomo la decisión de hacer algo cuando escuchó al medio día que su licuadora se encendió de la nada, ella pegó un brinco mientras realizaba la limpieza del baño, platicó del tema a su vecina y, ella le recomendó que le encendiera una veladora al pequeño, con eso sería suficiente, cosa que no funcionó, intentaron de todo un poco para ahuyentar la presencia del pequeño fantasma, hasta que un amigo le comentó que todas las noches antes de dormir leyeran el salmo 23, algo tan sencillo que le resultó a él cuando era un pequeño y un señor anciano lo llegaba a atormentar por las noches, ese fue el remedio para poder correr al pequeño intruso que había estado molestando a nuestras amigas.       

El niño de la sábana de bramante

El  temor más grande se hizo realidad un diciembre caluroso donde pasé el fin de año con mis tíos, primos lejanos de mi mamá, ella me mandó con ellos por el rechazo que les dio cuando eran más jóvenes, qué delito estaba pagando los pleitos familiares de mi mamá, cuando llegué a casa de mis tíos de los cuales no me acordaba muy bien porque de pequeño era muy enfermizo, y recuerdo mejor a mis pediatras que a mis familiares,  hasta el día de hoy sigo con malestares estomacales que me han llevado al hospital, por esa delicada razón soy una persona exigente en cuanto a la alimentación, siempre en mi mochila llevo cargando una pera o fresas para amortiguar el hambre o espantarla cuando ando fuera de casa, la historia de mis tíos me ocurrió a la edad de diecisiete años ya han pasado cuatro lustros y todavía en este momento que estoy contando esta historia me da ganas de no volverla a vivir, pero en esta vida no tenemos seguros los sustos, mucho menos los miedos.

            Llegué a la casa de los anfitriones, me recibieron muy amables, mi primo y único hijo que tuvieron los dueños de la casa le agradé mucho, dicho agrado fue reciproco porque me recordaba cuando yo tenía su edad, curioso por nacimiento queriendo el saber el porqué de todas las cosas existentes en esta tierra, le jugué la broma que un primo grande me dijo, cuando tenía apenas cinco años, me dio la mala noticia de que   si tragaba saliva me iba a morir, yo con un gran miedo por causa de esa mitomanía que me había dado el grandísimo animal de mi primo, me encontraba por todos lados escupiendo a diestra y a siniestra, hasta que mi mamá me cuestionó por la razón de mi extraño comportamiento, ella cuando se enteró me desmintió, no sé porque razón le hice la misma broma a mi primito, solo que no fui tan cruel con él ya que solo duró una horas el que estuviera escupiendo por toda la casa.

A continuación les contaré el lado más impactante de mi relato, la cuarta noche en la que yo estaba de huésped llegó alguien en la entrada de la casa a las dos de la madrugada, para mi mala suerte escuché cuando tocaban con desesperación la puerta, una señora llevaba en vuelto en sabanas de bramante a un pequeño niño, solo escuchaba la conversación de los señores, como es que la fiebre no le bajaba desde hace horas, me levanté de mi cama y comencé a espiar a los mayores, mi tía comenzó un ritual muy extraño, empezó a realizar un tipo de conjuro por el pequeño, con la boca chupaba los brazos y piernas del pequeñito, ni por la mente me había pasado que mi tía era una bruja, las únicas brujas que conocía en esos momentos solo eran las de los cuentos de los hermanos Grimm, pero ese día conocí a una en persona y había convivido con ella desde hace tres días, me encerré en mi cuarto sin poder dormir toda la noche, pensando en cómo diablos estaba una bruja durmiendo al lado de mi cuarto, al día siguiente saludé a mis tíos como de costumbre, pero ya nada era lo mismo, con el miedo de a qué hora me podrían matar o hacerme algún conjuro maligno para que me convirtiera en gato o algo así, le dije a mis tíos que saldría a comprar, así que solo lleve mi cartera con el suficiente dinero para regresar a casa, olvidando las cosas con las que llegué para siempre.

CHOCOLATES Y DULCES DE MIEL

Fue la mañana fúnebre de marzo cuando toda la familia Orozco se dirigía al cementerio para darle el último adiós al cuerpo sin vida del abuelo Fidencio Orozco, todos los hijos lloraban la partido del señor Fide, como lo conocían sus amigos, los nietos más pequeños exploraban las tumbas y lápidas donde dormían los demás cuerpos, y un sobrino que se encontraba sin ninguna demostración de tristeza cerca de toda la muchedumbre de la familia, observaba como todos estaban pasando por la desafortunada situación, y era porque en su pensamiento solo recordaba al abuelo Fidencio Orozco como aquella persona amargada que solo le llamaba la atención de sus actos por cualquier cosa que hacía desde pequeño, mientras que a sus primas les regalaba chocolates y dulces de miel cuando llegaban a visitarlo.

Un carro de control remoto

Cruzamos la frontera de nuestra vida adulta por allá del año más caluroso de nuestro peregrinaje en esta vida, para solo sentarnos con nuestros hijos a la luz de las estrellas en el patio trasero de la casa comiendo palomitas de microondas y refresco de cola, todo ese escenario con el fin de contarles historias de nuestro pasado, como aquella mañana fría de veinticuatro de diciembre cuando me perdí en el centro comercial por andar viendo juguetes, en especial un carrito de control remoto, que daba muchas luces de diferentes colores y un señor que lo controlaba, cuando regresé a mi pequeña realidad noté que mi mamá y mi hermano mayor no se encontraban a mi vista, fue tanto el susto entró en mi pequeño cuerpo, que no pude hacer otra cosa que ir al baño público del lugar, otro niño de cinco años se hubiera puesto a llorar, pero no entiendo porque yo no lo hice, me dirigí a los baños de hombres pensando que mamá se encontraría ahí, pasaron como treinta minutos y un señor me preguntó que dónde estaban mis papás, yo solo respondí que estaban comprando zapatos, creo que ese personaje no me creyó para nada y me delató con el guardia de seguridad porque a los dos minutos llegó el señor policía,  me llevó con mi mamá quién estaba llorando como si la hubieran golpeado, nunca entendí eso hasta el día de hoy.

ESPANTO DE MEDIODÍA

Viajaba hacia una reunión que tenía con un amigo el cual me había invitado a trabajar como consejero de jóvenes en un campamento, el reloj de mi muñeca marcaba las doce del mediodía con quince minutos cuando arribé al pueblo de Atlántida, que nombre tan elegante para un lugar poco habitable pensé,  por un momento llegó a mi mente que me había perdido en el camino para buscar el campamento en el cual me había comprometido, miré por el sendero a una porcicultora que cuidaba de sus cerditos  me acerque a ella para preguntar alguna referencia o si estaba cerca del lugar al que me destinaba ir, me dio con exactitud el camino para llegar al campamento, y me despidió con estas palabras.

—Es usted un buen caballero, le obsequio este cuarzo— dijo ella — porque me agradó su semblante, y su forma de pedir las cosas—concluyó.

Yo que no creo en piedrecitas brillosas y ese tipo de cosas, lo tomé solo por educación amable, su color blanco transparente del mineral llamó mi pequeña atención, pero tenía que continuar con mi viaje, lo guarde en la bolsa de mi chamarra sin prestarle mucha importancia, pasaban más de las dos de la tarde cuando miré a lo lejos los automóviles que llegaban y se estacionaban cerca del campamento, llegué tres horas tarde porque me perdí en el camino, había tomado un sendero que pocos o nadie conocía, al llegar con el organizador de la actividad le platique mi pequeña travesía, a lo que él me comentó que la señora a la que había visto era una persona que criaba puercos, pero las personas la tachaban de ermitaña porque casi no llegaba al pueblo.

—Pero no te preocupes, el día de mañana llegaremos a comprarle algunos puercos para que podamos darnos un buen banquete— dijo él— duerma temprano consejero que mañana iremos a visitar a su amiga que si no fuera por ella, tal vez nunca hubiera llegado— me dio una palmada en la espalda y se fue a sus actividades.

A la mañana siguiente, fuimos a ver a la señora que había conocido el día anterior, llegamos a su casa, saludamos y una señora de camisa rayada mucho más joven a la que había conocido salió a responder nuestro llamado y, ofrecer el servicio de puercos que tenía, compramos cuatro marranos para las actividades del campamento, los subimos a la camioneta en la que llegamos, nos despedimos de la señora y, por último pregunté por la buena dama que me había orientado ayer en el camino

—De quién me esta preguntado usted caballero- cuestionó la mujer—

Le di las características de la mujer que me había obsequiado el bello mineral, la dama que nos atendió me miró con un rostro de extrañeza, sin decir una sola palabra entró a su casa y regresó, me mostró un cuarzo igualito al que me habían regalado un día antes.

—Mi madre me regaló esta bella roca, antes de que muriera, mi madre lleva tres años de muerta— dijo la señora de camisa rayada.

De inmediato lleve mi mano derecha a la bolsa de mi chamarra para ver el cuarzo, pero había desaparecido.

YA NO FUIMOS A LA PLAYA

El modus vivendi del señor Belardino Figueroa lo llevo al hospital de la ciudad un día soleado de verano, cuando toda la familia se disponía a visitar al hermano más grande que vivía en la playa cercana, pero el exceso que había tomado en los últimos años por el cigarro Belardino arruinó la salida que tenían todos. Al despertar nuestro protagonista en una cama de hospital recordó cuando apenas tenía cinco lustros en esta tierra y en esa memoria donde pescó una lubina en el río que se encontraba cerca de la casa de su abuela, sus papás y hermanos habían disfrutado de ese delicioso manjar que Belardino había llevado a casa,  ahora se encontraba en una cama de enfermo esperando partir de este mundo, cuando de pronto su hijo más grande llegó a visitarlo y en tono de broma le dijo que había arruinado la convivencia familiar,  le cuestionó si ya estaba listo para partir de este mundo, a lo cual la respuesta de él fue negativa, entonces con tono de molestia su hijo le exhortó en forma de metáfora a dejar el regalo que le había dejado el embajador francés Jean Nicot y, dejar más recuerdos a sus hijos y nietos.

Dos de la madrugada

El frío era insoportable justo cuando me encontraba visitando a mis amigos de la zona alta de la ciudad, ellos no parecían alarmarse del estado del clima, pero yo que era de la región costa, extrañaba ese calorsito que solo las estrellas de la media noche me podían regalar, no quería levantarme para ir al baño, dormía con dos jeans azules puestos y dos pares de calcetines, y aun yo moría de frío, pero me arme de valor para poder salir al patio donde se encontraba la letrina, mire mi reloj y me reclama las dos de la madrugada, yo pensando en mis papás y el ventilador que tendrían encendido para poder dormir, mientras mi hidratación se basaba en café de mata, café de abas, de maíz y de tortilla que por cierto eran de lo mejor.